martes, 15 de enero de 2019

El tiempo huye

Se hace camino al vivir. “Año nuevo, vida nueva” reza el refrán, como si el tránsito de un año a otro supusiera un volver a empezar de cero. Pero, en realidad no se trata más que de un punto y seguido en lugar de un punto y aparte o del borrón y cuenta nueva, puesto que siempre sorbemos los nutrientes que necesitamos de nuestro pasado para así poder andar de manera más equilibrada, como funambulistas que somos, por la cuerda más o menos tensada de nuestras vidas. No podemos conocer lo que somos si olvidamos nuestra memoria, lo que fuimos. Ello pese a que como dijera la poeta: la experiencia no sirve, porque las cosas no son nunca las mismas. Y suele aprovecharse este apeadero de fin de año para hacer balance de lo recorrido y obrar en consecuencia acometiendo nuevos objetivos.
       Bien sabemos que lo importante es la dirección que llevamos, hacia dónde queremos ir. Pues siempre hay viento favorable para aquel que sabe a dónde va. Como al conducir un automóvil controlamos el volante y llevamos la vista atenta al frente, pero también miramos de cuando en cuando por el espejo retrovisor. A veces nos olvidamos de que somos seres efímeros, aves de paso, pese a que nos lo recuerde perfectamente este villancico: “La Nochebuena se viene, / la Nochebuena se va. / Y nosotros nos iremos, / y no volveremos más”. Llama, pues, la atención que vivamos nuestras vidas de forma tan acelerada, que cuando llegamos a la ancianidad pretendamos ralentizar el envejecimiento. Mejor sería paladear el vivir de cada día, aprovechando el momento, como dicta el clásico tópico del “Carpe diem”. El tiempo es agresivo, ya que pasa volando. 
        En la Odisea, que cuenta el regreso de Ulises tras la guerra de Troya a su patria de Ítaca, hay un interesante episodio. Corresponde a su convivencia con la bella ninfa Calipso en la isla de Ogigia. Ella lo retuvo allí durante siete años y aún pretendió mantenerlo a su lado garantizándole la inmortalidad o eterna juventud. Pero el héroe griego optó por tornar a casa con su esposa Penélope, precisamente porque dada su condición de mortal quería compartir con ella cada instante, dado su incalculable valor al ser estos irrepetibles. Y es que los dioses nos envidien, porque somos mortales. Yo brindo con mis lectores por la esperanza: Hay que sembrar la tierra / para soñar la espiga. / Solo así heredaremos / el sol de cada día. ¡Feliz 2019!
José María Martínez Laseca
(3 de enero de 2019)

No hay comentarios :

Publicar un comentario