viernes, 30 de agosto de 2019

Volver a Monteagudo de las Vicarías


Desde el corazón mismo de Soria, pasadas las 6 h. de la tarde del 17 de agosto, partimos en coche hacia la villa de Monteagudo de las Vicarías. El buen amigo e historiador Antonio Ruiz López, que tiene allí su cuna y sus raíces, va al volante. Marcha por la autovía A-15 en dirección Madrid. Tras dar la espalda a Almazán, toma el desvío y avanza por la carretera local 116, que se abre paso entre tierras de labor de Morón, Alentisque y Valtueña. Quema el sol y el aire abrasa, como en el poema Castilla de Manuel Machaco. Son 73 km y menos de una hora de viaje.
Al llegar, tomamos un café en el único bar abierto. Tres fotografías en una de sus paredes, por su visión cenital, asemejan los viejos planos hechos por un cartógrafo. Cual hermosas postales. En ellas se advierte perfectamente la apretada urbe, que se alza sobre la meseta de un pequeño cerro o muela. También los restos de lo que fue la muralla que abrazaba en su recinto a la mayoría de casas, dejando fuera unas pocas que constituían su arrabal. Llegó a tener 900 almas a principios del s. XX y ahora no alcanza las 200. Con su alcalde, Carlos González, trepamos a pie la cuesta. Recorremos su calle principal. Un azulejo recuerda a los muertos por el cólera de 1855. Vemos su arco apuntado y almenado que era su puerta principal de acceso. Su plaza mayor congrega una voluminosa iglesia, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Muela y el castillo medieval de los Hurtado de Mendoza, ambos del s. XV. Monteagudo, en la raya con Aragón rezuma historia de reconquista por todos sus poros. Aquí se concertó en 1291 el casamiento entre Isabel, hija de Sancho de Castilla, y el rey Jaime de Aragón que se verificó en la ciudad de Soria. Además, en su lugar de Valdeabejar se ubicó el monasterio del Císter, que después se trasladó a Santa María de Huerta. De tradición agrícola y ganadera, siempre se ha asociado a Monteagudo con su embalse, que recoge las aguas de los ríos Nágima y Recajo, pionero entre las obras hidráulicas modernas de España (1863). Regadío y turismo abrirían, pues, puertas a su porvenir.
Yo he vuelto a Monteagudo para hablar a sus gentes de Antonio Machado. De su libro Campos de Castilla. Con sus dos imperativos: esencialidad, que da primacía a la vida sobre la imaginación y temporalidad que obliga al poeta no a transmitir la idea del tiempo, sino la emoción del tiempo. Del milagro de la poesía.
José María Martínez Laseca
(22 de agosto de 2019)

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