jueves, 30 de marzo de 2017

Caja de Ahorros de Soria

Cuando paseo por la céntrica plaza de Mariano Granados –otrora del Chupete– y alzo la vista, veo el enorme edificio de la no ha tanto Sede Central de la que fuera Caja General de Ahorros y Préstamos de la Provincia de Soria, todopoderosa en tiempos de su más conocido director, el bilbilitano Alejandro López Millan (con Don). El inmueble está desocupado y falto de uso, lo que me da que pensar con Antonio Muñoz Molina en “Todo lo que era sólido”. A modo de espejo donde debemos mirarnos. O como diría Zygmunt Bauman: aquella sociedad sólida y segura se nos ha convertido en líquida y sin garantías de ningún tipo.
Rebobino. La Caja de Ahorros de Soria, surgida en el seno de la Real Sociedad Económica Numantina de Amigos del País, se inauguró el 20 de octubre de 1912 (véase mi estudio monográfico en “Campo Soriano” de 20-10-1987). Fue después de que en España el capital extranjero invirtiera en la red de ferrocarriles y los grandes bancos impulsaran el desarrollo industrial, dejándonos aislados y sin fábricas. Pretendía luchar contra la usura y encauzar el ahorro popular en pro del desarrollo de esta provincia agraria.  Como Caja Soria celebró su 75 aniversario, pero no llegó al centenario. Un trasiego la llevaría a desfigurarse tras su fusión, el 11 de mayo de 1991, con Caja Salamanca en Caja Duero y, el 5 de junio de 2010, con la de León en Caja España-Duero. Pero la avaricia financiera con ánimo de lucro en tiempos de la glotona burbuja inmobiliaria, junto a la mala gestión de políticos insaciables, rompería su saco al llegar la crisis económica, yendo a parar sus despojos, desde octubre de 2015, a manos del grupo Unicaja Banco. Lo que se nos prometiera por el Presidente de la Junta, Juan Vicente Herrera, como músculo financiero de Castilla y León ha devenido en flácido, en polvo, en nada. Demasiados desmanes. Cuatro de las seis desaparecidas cajas de la Comunidad, están inmersas en procesos judiciales. Solo se salvan Caja Ávila y Caja Círculo. Mucho es el daño causado, perdiéndose además su solidaria Obra Social. Ahora, Podemos, más Ciudadanos e IU, piden se abra en las Cortes de Castilla y León una comisión de investigación, para depurar las posibles responsabilidades políticas sobre cuanto ocurrió. Luz y taquígrafos. Frente a tan alargada sombra proyectada.
José María Martínez Laseca
(30 de marzo de 2017)

martes, 28 de marzo de 2017

El cerco de Noviercas

Tararearé con mis lectores la canción infantil de “La vaca lechera”, obra de Jacobo Morcillo, al decir: “Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera….” Iba asociada al mundo rural basado en una economía de subsistencia familiar. Porque vacas lecheras las hubo en muchas casas; empero, la zona que se llevaba la palma era la del Valle del Río Razón, conocida como “La pequeña Suiza soriana”. Así, en los pueblos de Sotillo del Rincón y Valdeavellano de Tera, estos rumiantes formaban parte indisociable del paisaje de sus verdes prados. Muchos de sus vecinos se ganaban la vida dedicándose al ganado. Eran otros tiempos Después vino la PAC, con las cuotas lecheras, que hicieron estragos hasta acabar con toda su cabaña. Ahora, si acaso, se ven algunas esculturas de fibra de vidrio con forma de vacas, a modo de añoranza.
            El caso es que sigue corriendo como la pólvora la noticia de la instalación en Noviercas (comarca del Moncayo) de una macroexplotación ganadera que contempla la nada despreciable cifra de 20.000 vacas. Enseguida, los máximos representantes de las instituciones sorianas llamaron a la adhesión incondicional al proyecto, ya que crearía muchos puestos de trabajo, con lo que se fijaría la gente al territorio, contrarrestando el terrible problema de la despoblación que asola toda la provincia de Soria. A la gente le gusta que todos tengan su misma fe. Por lo que recabaron firmas. Sin duda que al acometer el ciclo completo, de producción, transformación (hasta con una quesería en Ólvega) y comercialización, aportaría valor añadido.
            Pero, este tipo de producción láctea industrial, en manos de grandes empresas, repercute directamente sobre el tejido ganadero establecido, al que llevaría a la ruina. Por lo que el debate está abierto entre los partidarios antedichos y los detractores. Estos ya lo han llevado a parlamentos autonómicos afectados y pretenden trasladarlo al Congreso de los Diputados e incluso al Parlamento Europeo, dadas sus consecuencias económicas, sociales, medioambientales y sanitarias. Un acoso tal, que bien se puede nombrar “El cerco de Noviercas”. Sin duda, el acto de mayor repercusión dentro de la celebración del 2.150 aniversario de la caída de Numancia. Ello sin estar programado. Y es que la vaquería de Noviercas, no es una vaquería cualquiera. Tolón, tolón.       
José María Martínez Laseca
(23 de marzo de 2017)


lunes, 20 de marzo de 2017

Educación pública

Al nacer, las criaturas humanas nos vemos indefensas, y estamos necesitadas, en consecuencia, durante muchos años de ayuda para nuestra protección y sustento. Por ello, podemos ser educadas y socializadas en mayor medida que la de cualquier otro animal. De ahí la importancia que adquiere en nuestras vidas la educación pública. La garantía por parte del Estado de hacer posible el acceso a ese proceso de enseñanza-aprendizaje, en tanto que derecho esencial. La educación -de todos y para todos- es muy importante como ascensor social, como corrector de desigualdades frente a la lotería natural de la cuna que a cada uno nos toca. Como formación integral de toda persona. En su desarrollo, supone uno de los muchos ríos subterráneos que fluyen por el cauce de nuestro realidad cotidiana Cada mañana los padres envían a sus hijos al centro educativo correspondiente y estos, en tanto que alumnos, asisten a las clases impartidas por los profesores de las distintas materias o asignaturas. Podría asociarse al trajín de abejas obreras que acuden a su colmena. Todo parece desarrollarse con la tranquilidad de la rutina, pero siempre pueden surgir problemas en el seno de la comunidad educativa: falta de colaboración de los padres, alumnos que no quieren estudiar, complicadas explicaciones de los profesores, acoso escolar, exceso de deberes, etc. Bien advierte el sabio proverbio africano: para educar a un niño se necesita la tribu entera.
            Se habla poco de educación. Y hay una razón de peso para tenerla más presente: casi todos los males de la patria se achacan a una carencia de la misma, al tenerse a la educación como norma de convivencia. Recién, el 9 de marzo, cual Guadiana, irrumpió en la superficie: profesores, estudiantes y padres acometieron una huelga general contra la LOMCE, Para que reviertan los recortes y se amplíen las becas. Por un gran pacto educativo. Después de tanta diarrea legislativa. Aprovechando la oportunidad del momento político. Mejorar implica cuidar al profesor en su formación, actualización, dignificación y retribución salarial. Lo que, sin duda, llevará su tiempo de restitución, máxime después de haberlo denostado tanto en su cometido. A sabiendas, también, de que todo aquello que no nos emociona es más difícil de discernir, de aprender y de comunicar.
José María Martínez Laseca
(16 de marzo de 2017)

Dos musas

Hay ciertas mujeres, que, en su papel de musas, han estimulado la inspiración de celebrados poetas, favoreciendo su actividad creadora. Entre los casos más cercanos a nosotros tenemos a Leonor Izquierdo Cuevas (Almenar de Soria, 12 de junio de 1894-Soria, 1 de agosto de 1912) con Antonio Machado y a Francisca Sánchez del Pozo (Navalsauz, Avila, 4 de junio de 1879-Madrid, 6 de agosto de 1963) con Rubén Darío, el ruiseñor de Nicaragua. Leonor fue esposa breve de Antonio Machado, pues tan solo convivieron cuatro años hasta el fatal desenlace. (“¿No ves, Leonor, los álamos del río / con sus ramajes yertos? / Mira el Moncayo azul y blanco; / dame tu mano y paseemos.”). Francisca, durante quince años, fue la compañera de Rubén Darío (“Ajena al dolo y al sentir artero, / llena de la ilusión que da la fe / lazarillo de Dios en mi sendero / Francisca Sánchez, acompáñame”). Ambas mujeres tienen una procedencia humilde.  Machado se casa con Leonor que es la hija de sus pupileros en la pensión de la calle Estudios, 7 de la ciudad de Soria. Darío se enamora perdidamente de Francisca, la hija analfabeta de un jardinero, mientras paseaba por los jardines del Palacio Real de Madrid. Y pese a no estar divorciado de Rosario Murillo, Francisca sería su compañera hasta el final de sus días. Así es como las dos salen del anonimato para subir al alto pedestal de la fama, instalándose entre los grandes amores que en la historia han sido.
            Tenemos noticia cierta del encuentro entre ambas. Fue en París. Tras sufrir Leonor el 14 de julio de 1911 una hemotisis brutal, hubo de ser hospitalizada en la  Maison municipale de santé, calle de Faubourg Saint-Denis, n° 200. Allí la atendía como enfermero fiel Antonio Machado y allí la visitarían la compañera española de Rubén Darío, junto con su hermana Mariquita. Francisca Sánchez recordaría así a Leonor: “Llevaba un gorro blanco, según la moda de la época, que a ella, aún tan niña, le hacía parecer una monjita”. Tras la partida de su amado, para nunca más volver, Francisca conservaría un baúl azul con buena parte de la obra literaria de Rubén Darío, y que donaría al Estado en 1956. En los fondos de ese archivo, depositado en la Universidad Complutense de Madrid hay varías cartas dirigidas por Antonio Machado a Rubén Darío. Las que certifican su sincera amistad.
José María Martínez Laseca
(11 de marzo de 2017)

martes, 7 de marzo de 2017

María Moliner

Érase una vez una mujer, apenas conocida, llamada María Moliner Ruiz. Fue la segunda de los tres hijos del matrimonio formado por Enrique y Matilde. Vino al mundo el 30 de marzo de 1900. Su padre era entonces el médico de Paniza (Zaragoza). Apenas tuvo infancia. En 1902 la familia se trasladó a Almazán (Soria) y casi de inmediato a Madrid, donde nace su hermana. Ingresó en la Institución Libre de Enseñanza, lo que le permitió asistir a las clases del filólogo Américo Castro. Pero su padre, tras viajar a Buenos Aires, los abandonó definitivamente. Eso forjó su carácter de firmeza, tozudo. Es de las primeras españolas en ir a la Universidad. En la Facultad de Filosofía y Letras de la de Zaragoza se formó como filóloga y lexicógrafa, participando en el Diccionario aragonés. Se licenció en Historia en 1921. Por oposición accedió al cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Su destino, en 1922, fue Simancas. En 1924 pasó a Murcia, donde se casó, e impartió clases en su Universidad. Comprometida con los ideales de justicia y libertad de la Segunda República, se implicó en la tarea de las Misiones Pedagógicas, con su labor educativa y formativa de los bibliotecarios rurales hacia sus lectores. Tras la guerra civil fue relegada en el escalafón y deportada a Valencia. En Madrid, sufrió el exilio interior con el franquismo.  
            Por eso causa asombro su titánico esfuerzo, nadando contra corriente. Acometiendo, ella sola, a lo largo de 15 años, a lápiz, con su propia mano, un diccionario que ponía el uso del español al cabo de la calle. Gracias a Dámaso Alonso, fue editado por Gredos (dos volúmenes) en 1966 y 1967. De aquí que ahora se cumpla su 50 aniversario. Un diccionario que ha merecido el fervor de los hablantes. El más completo, más útil, mas acucioso y más divertido de la lengua castellana, dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua (RAE), y, a juicio de García Márquez, más de dos veces mejor. Pero obtuvo el rechazo de la RAE, que la vetó en su ingreso en la institución. Como ella dijo: “Si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre: ¡Pero y ese hombre cómo no está en la Academia!”. Sin embargo, ella era mujer. Murió en Madrid, el 22 de enero de 1981. Que la cultura es un vehículo de regeneración social, fue su gran convicción. 
José María Martínez Laseca
(2 de marzo de 2017)     

lunes, 27 de febrero de 2017

¿Lorca, sin tumba?

Si el asesinato de Federico García Lorca ha hecho correr ríos de tinta, el hallazgo de su tumba ha hecho remover toneladas de tierra. Cuando se inició la búsqueda, su familia se opuso tajantemente por entender que podría convertirse en "un espectáculo mediático”. El investigador Ian Gibson, partiendo de testimonios orales, insistía en el lugar conocido como Fuente Grande, muy próximo al barranco de Viznar, en el municipio de Alfacar. Pero allí se excavó en vano. Recién, 80 años después de su muerte, un equipo de la Universidad Politécnica de Valencia ha vuelto a intentarlo en el Peñón Colorado, señalado por el general Nestares, hijo de José Mª Nestares Cuellar –entonces jefe del Frente de Viznar y falangista– como el lugar de los enterramientos. Resultado de las pesquisas: una bala y un casquillo. Ni huesos, ni ropas. Su conjetura en el informe final: “los restos fueron exhumados poco tiempo después cuando estaban en fase cadavérica no esquelética”. Tal vez para borrar toda huella de un caso que tuvo “gran repercusión en la prensa internacional”  y que es símbolo del horror de nuestra Guerra Civil.
            “El crimen fue en Granada” escribió Machado. Su trama nos la cuenta Miguel Caballero en “Las 13 últimas horas en la vida de García Lorca”. Habla de rencillas privadas, de rivalidades entre la familia de Lorca y los clanes de los Roldán y los Alba, terratenientes granadinos. Federico buscó refugio en casa de los hermanos Rosales. Pero, Nicolás Velasco Simarro, ordenó su detención. Sobre las 13 h. del 16 de agosto de 1936, fueron a buscarle Ramón Ruiz Alonso, Federico Martín Lagos y Juan Luis Trescastro Medina. En el Gobierno Civil estaban el comandante Valdés Guzmán, Julio Romero Funes, José Mingorance Jaraba y los hermanos José, Antonio y Manuel Jiménez de Parga, abogados. “Se le vio caminar entre fusiles,/por una calle larga,/salir al campo frío,/aún con estrellas de la madrugada”. Testigos en Viznar: José Mª Nestares y Manuel José Martínez Bueso, este con marcado papel de verdugo. “Mataron a Federico/cuando la luz asomaba”. Sus asesinos sabían bien a quien mataban y lo que mataban. Después –al decir de García Posada–, quisieron tapar, prohibir, envilecer incluso su memoria. No lo han conseguido. Su voz –poesía, teatro, prosa– está más viva que nunca. Cual plenilunio en el centro de la noche oscura. Fresca su fragancia de jazmín. 
José María Martínez Laseca
(23 de febrero de 2017)

Carnaval

“Al invierno no se lo come el lobo”, reza el refrán, ya que, a tiempo o a destiempo, los fríos acaban por llegar. Con dicho ciclo estacional toca, también, que llegue la celebración del Carnaval a la ciudad de Soria. Se trata aquí de un carnaval  de nueva planta, ya que yo lo reinventé en su diseño programático a requerimiento de unos inquietos taberneros unidos del Casco Viejo. Impostado desde su cuna en el mundo rural. Allá por 1984. Verbigracia: la síntesis que plasmé en aquella emblemática coplilla: “Fermente la levadura / de las fiestas populares. / Revivan los carnavales / que acalló la dictadura”. Por ahora se ha mantenido su estructura inicial: pregón de arranque el Jueves Lardero (del “chorizo y huevo”) y entierro de la sardina (el martes de Carnaval, víspera del Miércoles de Ceniza), por colofón; abriéndose dentro de ese marco establecido un gran cajón de sastre del que surgen toda suerte de disfraces, mascaradas y manifestaciones del mundo al revés. (“Lo que funciona no se cambia”, dice Rajoy, el quieto hasta ver.) Cierto es que toda fiesta popular que se precia ha ido evolucionando, acorde con el ritmo de los tiempos, para así mantenerse viva. Incorporando unos usos y desechando otros que no logra digerir. Empero la fiesta como la política debe ser participativa, acción de la colectividad y en tal sentido se percibe que nuestro carnaval ha ido degenerando y menguando, acaso al oficializarse demasiado, perdiéndose la iniciativa ciudadana. Y dentro del consumismo en el que estamos sumidos, lo que se quiere vender se fabrica para aquel que lo quiere consumir y ello va en contra de la creatividad misma.  
            Hay un santoral de invierno que ha venido preludiándonos el carnaval. En enero:  San Antón (día17), San Sebastián (20); en febrero: La Candelaria (2), San Blas (3), Santa Águeda (5). Porque la astuta iglesia readaptó a su liturgia antiguos cultos naturistas. Así, incluso el Carnaval mismo es parásito de la Cuaresma. Curiosamente, Julio Caro Baroja lo interpreta como la Pasión de Cristo invertida. Carnaval de excesos y pecados. En consonancia con el Arcipreste de Hita: carnívoros frente a vegetarianos. (Carne, ¡vale!). “Comed, bebed y ¡joder, que frío el que hace en febrero!)” Aprovechad, pues, paisanos. Que luego vendrá Ruiz Liso con su dieta mediterránea. Salud(able).
José María Martínez Laseca
(16 de febrero de 2017)