lunes, 27 de febrero de 2017

¿Lorca, sin tumba?

Si el asesinato de Federico García Lorca ha hecho correr ríos de tinta, el hallazgo de su tumba ha hecho remover toneladas de tierra. Cuando se inició la búsqueda, su familia se opuso tajantemente por entender que podría convertirse en "un espectáculo mediático”. El investigador Ian Gibson, partiendo de testimonios orales, insistía en el lugar conocido como Fuente Grande, muy próximo al barranco de Viznar, en el municipio de Alfacar. Pero allí se excavó en vano. Recién, 80 años después de su muerte, un equipo de la Universidad Politécnica de Valencia ha vuelto a intentarlo en el Peñón Colorado, señalado por el general Nestares, hijo de José Mª Nestares Cuellar –entonces jefe del Frente de Viznar y falangista– como el lugar de los enterramientos. Resultado de las pesquisas: una bala y un casquillo. Ni huesos, ni ropas. Su conjetura en el informe final: “los restos fueron exhumados poco tiempo después cuando estaban en fase cadavérica no esquelética”. Tal vez para borrar toda huella de un caso que tuvo “gran repercusión en la prensa internacional”  y que es símbolo del horror de nuestra Guerra Civil.
            “El crimen fue en Granada” escribió Machado. Su trama nos la cuenta Miguel Caballero en “Las 13 últimas horas en la vida de García Lorca”. Habla de rencillas privadas, de rivalidades entre la familia de Lorca y los clanes de los Roldán y los Alba, terratenientes granadinos. Federico buscó refugio en casa de los hermanos Rosales. Pero, Nicolás Velasco Simarro, ordenó su detención. Sobre las 13 h. del 16 de agosto de 1936, fueron a buscarle Ramón Ruiz Alonso, Federico Martín Lagos y Juan Luis Trescastro Medina. En el Gobierno Civil estaban el comandante Valdés Guzmán, Julio Romero Funes, José Mingorance Jaraba y los hermanos José, Antonio y Manuel Jiménez de Parga, abogados. “Se le vio caminar entre fusiles,/por una calle larga,/salir al campo frío,/aún con estrellas de la madrugada”. Testigos en Viznar: José Mª Nestares y Manuel José Martínez Bueso, este con marcado papel de verdugo. “Mataron a Federico/cuando la luz asomaba”. Sus asesinos sabían bien a quien mataban y lo que mataban. Después –al decir de García Posada–, quisieron tapar, prohibir, envilecer incluso su memoria. No lo han conseguido. Su voz –poesía, teatro, prosa– está más viva que nunca. Cual plenilunio en el centro de la noche oscura. Fresca su fragancia de jazmín. 
José María Martínez Laseca
(23 de febrero de 2017)

Carnaval

“Al invierno no se lo come el lobo”, reza el refrán, ya que, a tiempo o a destiempo, los fríos acaban por llegar. Con dicho ciclo estacional toca, también, que llegue la celebración del Carnaval a la ciudad de Soria. Se trata aquí de un carnaval  de nueva planta, ya que yo lo reinventé en su diseño programático a requerimiento de unos inquietos taberneros unidos del Casco Viejo. Impostado desde su cuna en el mundo rural. Allá por 1984. Verbigracia: la síntesis que plasmé en aquella emblemática coplilla: “Fermente la levadura / de las fiestas populares. / Revivan los carnavales / que acalló la dictadura”. Por ahora se ha mantenido su estructura inicial: pregón de arranque el Jueves Lardero (del “chorizo y huevo”) y entierro de la sardina (el martes de Carnaval, víspera del Miércoles de Ceniza), por colofón; abriéndose dentro de ese marco establecido un gran cajón de sastre del que surgen toda suerte de disfraces, mascaradas y manifestaciones del mundo al revés. (“Lo que funciona no se cambia”, dice Rajoy, el quieto hasta ver.) Cierto es que toda fiesta popular que se precia ha ido evolucionando, acorde con el ritmo de los tiempos, para así mantenerse viva. Incorporando unos usos y desechando otros que no logra digerir. Empero la fiesta como la política debe ser participativa, acción de la colectividad y en tal sentido se percibe que nuestro carnaval ha ido degenerando y menguando, acaso al oficializarse demasiado, perdiéndose la iniciativa ciudadana. Y dentro del consumismo en el que estamos sumidos, lo que se quiere vender se fabrica para aquel que lo quiere consumir y ello va en contra de la creatividad misma.  
            Hay un santoral de invierno que ha venido preludiándonos el carnaval. En enero:  San Antón (día17), San Sebastián (20); en febrero: La Candelaria (2), San Blas (3), Santa Águeda (5). Porque la astuta iglesia readaptó a su liturgia antiguos cultos naturistas. Así, incluso el Carnaval mismo es parásito de la Cuaresma. Curiosamente, Julio Caro Baroja lo interpreta como la Pasión de Cristo invertida. Carnaval de excesos y pecados. En consonancia con el Arcipreste de Hita: carnívoros frente a vegetarianos. (Carne, ¡vale!). “Comed, bebed y ¡joder, que frío el que hace en febrero!)” Aprovechad, pues, paisanos. Que luego vendrá Ruiz Liso con su dieta mediterránea. Salud(able).
José María Martínez Laseca
(16 de febrero de 2017)   

sábado, 11 de febrero de 2017

Trastos

Se puede, y debe, visitar, hasta el 15 de febrero, en el Centro cultural Palacio de la Audiencia, la exposición “Trastos”. Palabra (sust., m. pl.) que, según la RAE, procede del latín “transtrum” 'banco'. Recojo sus acepciones más significativas: 1. despect. Cosa inútil, estropeada, vieja o que estorba; 5. Conjunto de utensilios o herramientas propios de una actividad; 6. Muebles o utensilios de una casa. Las tres nos mentalizan para adentrarnos en la sala. A lo que añado el sabio refrán: “Parientes y trastos viejos, pocos y lejos”. Porque tanto unos como otros suelen causar más incomodidades que provecho, se nos dice. Se trata aquí, por ello, de objetos de desecho. Los que gozaron de su plenitud en el pasado. Cuando los pueblos de nuestra provincia de Soria abrían sus casas alegres y repletas de gente. Inmersos dentro de una economía -agrícola, ganadera y forestal- autárquica y de autosuficiencia, en la que a todo se le sacaba alguna utilidad. Después vendría la sangría de la emigración y la consiguiente despoblación, como consecuencia de los seductores cantos de sirena de las grandes ciudades. Metáfora del tiempo roto. Por el cambio de mentalidad que supuso la modernidad, con el consumismo –de usar y tirar– y la obsolescencia programada, que propiciaron el desapego de materiales y utensilios que fueron a parar en el mejor de los casos a museos etnográficos rurales y, en el peor, a los vertederos.
            Miguel Ángel Rodríguez y Ernesto Martínez localizaron muchos de ellos desperdigados por las escombreras. Fruto de aquel rescate y sometidos después a un proceso de reciclaje o de puesta al día, resultan las 53 obras de esta muestra de la memoria emocional. Un homenaje tributado al irrepetible Alberto Manrique (betharramita) que estuvo en la semilla. Manipulados y fuera de su contexto aparecen redivivos, cual Lázaro por el conjuro de “levántate y anda”. Y alguien podría asociar los cuadros colgados con “el informalismo” por su lenguaje abstracto donde los materiales cobran un papel decisivo. Incluso tildarlos de “no arte” u “otro arte”. A mí me agradan más las expresiones: recuperARTE y reciclARTE. Una exposición, pues, que es caja de resonancia de sensaciones y de emociones. Cual concha de caracola arrimada a la oreja por la que oímos cercano el aliento del mar.     
 José María Martínez Laseca
(9 de febrero de 2012)

viernes, 3 de febrero de 2017

Mi adiós a Pepe Sanz

Salió fría y canalla la mañana del 28 de enero de 2017. Un aire que pelaba y hielo por el suelo que hacía temeroso dar el paso. Sentí un escalofrío en mi corazón cuando me lo espetaron: se ha muerto Pepe Sanz. Y mi cabeza piensa. Así es la vida: efímera. Somos engreídos mortales. Tan solo aves de paso. Pero, a pesar de los pesares y de las enfermedades traicioneras,  tú la amabas demasiado. Y no desfalleciste, aun a sabiendas de que, cuando vienen mal dadas, la batalla está perdida. Mas, no es cuestión de darle facilidades a la muerte usurera. De hecho, cual numantino sitiado, resististe su primer embate. (Yo preguntaba por ti. Me importabas). Tuve que ver tu esquela colgada en La Mayor. Figuraban en ella tu esposa Camino y tus dos hijos: Eva y Alberto. Zanjaba cualquier duda.        
            Esa tarde trepé hasta el tanatorio para decirte adiós. Vuelto al camino y a la meditación, se me agolparon en la mente retazos de tu biografía y traté de ordenarlos. Me acordé que eras de Almarza, residente en la capital. Que fuiste al seminario. Ya estabas jubilado. Que, aunque en tu DNI pusiera José Antonio Sanz García, te llamábamos todos Pepe Sanz. Que eras hombre de teatro (visiones e interpretaciones de la realidad) del mítico Grupo TES. De ahí que, en tanto que actor, tuvieras muchas tablas. Que eras inquieto, activo y entusiasta del emprendimiento cultural. Por ejemplo, conmigo en “La Saturiada”. Desde tu compromiso con todo lo soriano. Que sintetizabas tu Curriculum Vitae en “amigo de Avelino Hernández”.
            Me acordé de tu apego con Julio Llamazares, e Ignacio Sanz, al que contaste que habías hecho la mili en Novallas (Zaragoza) por donde pasa el Queiles. Que, buen anfitrión, orientabas a estos y a otros muchos viajeros en sus extravíos por las tierras de Soria. ¡Qué bien interpretabas el papel de matancero de honor del Virrey Palafox del Burgo de Osma! Si algo te definía era tu voz. Una voz de rapsoda y narrador. Así, Joan Sella te tenía por Antonio Machado en sus documentales de TVE. “Quien mejor habla, sin cometer faltas de ortografía”, decía de ti el socarrón Alberto Manrique. Timbre tan peculiar arropó en su prosodia nuestros sueños. Ya te has quedado solo, Pepe Sanz, en escena. Rota tu voz. Silencio. Baja el telón, mientras anoto estas palabras de aplauso en tu memoria.    
José María Martínez Laseca
(2 de febrero de 2017)

domingo, 29 de enero de 2017

Atocha, 55

Viajo a Madrid, rompeolas de todas las Españas. Paseo por sus calles y plazas más céntricas. Ciudad cosmopolita y hospitalaria donde las haya. Una parte importante de mi vida ha transcurrido por ella. Desde la época en que me trasladé del Colegio Universitario de Soria (CUS) para cursar el 2º ciclo de Filología Hispánica en su Universidad Autónoma (UAM), sita en el campus de Cantoblanco. Ambiente universitario con inquietudes políticas y manifestaciones públicas de protesta, corriendo para esquivar los palos de los grises. Tiempo difícil, pues no fue un camino de rosas, precisamente, el de la transición democrática, por acometerse el desmantelamiento de la dictadura de Franco, que quiso dejarlo todo atado y bien atado.
            Se dice que los recuerdos son esas impresiones que cobijan en nuestro cerebro los hechos elaborados con percepciones sensoriales. Así, hay sucesos para no olvidarlos. Cuya narrativización o relato conforma nuestra memoria. Y yo lo recordé, al pasar junto al portal nº 55 de la calle Atocha, donde una placa anota los nombres de las victimas de aquel asesinato múltiple. Ocurrió el lunes 24 de enero de 1977. A las diez y media de la noche sonó el timbre del despacho. Al abrir la puerta irrumpieron tres sicarios que dispararon contra todos los presentes. Cinco personas cayeron muertas: los abogados laboralistas Luis Javier Benavides, Francisco Javier Sauquillo y Enrique Valdevira, el administrativo Ángel Rodríguez Leal y el estudiante Serafín Holgado. Y cuatro más  quedaron malheridos: Luis Ramos, Dolores González Ruiz, Alejandro Ruiz Huerta y Miguel Sarabia. Era una acción urdida por la ultraderecha contra quienes (como el PCE y CCOO) plantaron más cara al régimen franquista. Solo cumplieron condena cuatro de sus culpables. Los que nunca mostraron arrepentimiento.
            Sabemos que toda memoria es siempre colectiva, porque las palabras que nos permiten verbalizar el recuerdo se ven compartidas por el grupo al que se pertenece. A pocos metros, en la plaza de Antón Martín una escultura  reproduce “El abrazo” de Juan Genovés, símbolo de la restauración de la libertad. “Si el eco de su voz se debilita, pereceremos (Paul Éluard)”. Nos recuerda, 40 años después, la deuda de respeto y agradecimiento que aún tenemos contraída con aquellos abogados mártires de la matanza de Atocha.
José María Martínez Laseca
(26 de enero de 2017) 

martes, 24 de enero de 2017

Nutria y cenutrio

La cascarrona urraca, que todo lo sabe, mi vecina del locus amoenus, por donde traza el Duero su curva de ballesta en torno a Soria, aprovechando su viaje a la ciudad de Burgos, por motivos familiares, y conocedora de mi ingreso hospitalario en el Centro de Recuperación de Fauna "Los Guindales", vino a visitarme. A interesarse por mi estado de salud, tras el atentado que sufrí en la tarde del pasado 5 de enero  y que tan cerca me tuvo de la muerte. Me trajo recuerdos de los colegas de por allá y sus mejores deseos. Con su gran labia, me habló del impacto que el caso había tenido en la sociedad soriana. Del seguimiento hecho por los medios de comunicación: prensa, radio y televisión, sin tampoco olvidar las redes sociales. Habían corrido ríos de tinta y titulares en primera página. Me contó del rechazo contra quien, con premeditación, disparó su escopeta tratando de cazarme, y más al ser yo especie protegida. Que toda Soria estaba indignada. Pues ese comportamiento dejaba mucho que desear. Los ecologistas de ASDEN lo habían denunciado ante la guardia civil para que abriera diligencias y tratara de dar con su paradero, reclamando a tal fin la colaboración ciudadana. También, por parte de la Federación de Cazadores se había emitido un comunicado condenado el episodio y calificando de indigno al agresor.
        Me pidió doña urraca que le contara cómo pasó todo. Yo le dije recordar muy bien que en aquellos días de Navidad, había mucha gente paseando por el Duero. Que yo me sentía observada. Y me creía popular y querida. Por eso me exhibía nadando con estilo y sumergiéndome en el agua para aparecer, de repente, por sorpresa. Con los hielos me deslizaba por la superficie. Todos me fotografiaban. Pero tales excesos de exposición los aprovechó el canalla que me disparó. Yo iba a peor, con un terrible dolor de cabeza por las heridas causadas por los perdigones. A punto de perder la conciencia, opté por internarme en la ciudad y esa decisión fue la que me salvó la vida. Las buenas gentes de AMAR me recogieron y me procuraron los primeros auxilios. Después, otros me trasladaron hasta aquí. Cuando regreses a nuestro habitual hábitat del Duero, diles a todos que espero verlos muy pronto. (Pero la vieja nutría, agotada y ciega, ya nunca regresaría a su casa).
José María Martínez Laseca
(19 de enero de 2017)

sábado, 14 de enero de 2017

El tíquet

Lectoras y lectores: permítanme presentarme. Mi nombre es Antonino Martín López. Y con el inicio del nuevo año principié también mi nueva vida de jubilado, tras concluir mi larga etapa laboral de funcionario de la Junta de Castilla y León. Dispondré así de más tiempo libre, pensé; y, seré, por ende, mucho más rico, y no por mi modesta pensión, sino en consonancia con el aserto de que “el tiempo es oro”. Pareciera, en verdad, que uno iba a disponer de todo el tiempo del mundo, pero hete aquí que, unas veces por los efectos colaterales del cambio en la hora y otras por tener que hacer de “traidor” o “corredor de bolsa” tampoco he podido obrar a mi libre albedrío, como soñaba. En todo caso, vayamos a los hechos. En esta sociedad de mercado en la que nos encontramos, ya me ha tocado hacer varios encargos de la doña de la casa para remediar algunos de sus olvidos, al no anotar en un papel a boli su lista de la compra.
            Y así es como ya, en este mi corto recorrido como jubiloso jubilado, me han acontecido algunas experiencias que les cuento. Ha sido en hipermercados distintos de la ciudad. Tras pasar por caja. Y eso me ha llevado a prestar más atención a mi tíquet de compra, donde queda constancia impresa de la transacción mercancía-moneda. Un par de veces por desajuste entre el precio del producto que figuraba en los estantes y el aplicado al cobrarme. Pero vayamos a la tercera. Yo bajé a mi casa tan contento con la compra realizada. Y enseñé el tíquet a mi doña, que enseguida se percató de que algo allí no cuadraba. El total de 10,89 euros respondía a lo siguiente: Piña: 1,816 kg. x 0,79 Eur/Kg. = 1,43; Pera: 2,212 kg. x 1,49 Eur/kg. = 3,30; Limón = 0,79; Almendras nat. piel = 2,39; Caramelos naranja = 1,49 y Choco negro 81% = 1,49. La suma estaba bien hecha. Ese no era el problema. El fino olfato detectivesco de mi doña no tardó en percatarse del equívoco. Entre las cosas que yo había extraído de mi bolsa no aparecían peras y si dos hermosos ejemplares de piña, que, por estar de oferta, había acarreado cumpliendo con sus órdenes. Parecía deducirse a la vista del tíquet que la atareada cajera tras pesar la segunda piña había pulsado la tecla adjunta de pera, sin percibir su error. Reclamé y me devolvieron 1,56 Euros, sin tener que aportar las piñas de la prueba.
José María Martínez Laseca
(12 de enero de 2017)