viernes, 14 de julio de 2017

El último día de Numancia

De niño, en la escuela de chicos de mi pueblo, yo trataba de pasar desapercibido ante la depredadora mirada de aquel maestro autoritario, de los de la letra con sangre entra. Manteniéndome siempre en equilibrio, cual hábil funambulista en la cuerda tensa, sin mostrar mis habilidades, ni evidenciar, tampoco, mis torpezas. Al tiempo que él pronunciaba mi nombre, me puse, diligente, en pie. “Léenos esto en voz alta, para que se puedan enterar también todos tus compañeros”, me ordenó categórico, entregándome la Enciclopedia Dalmau. El texto en cuestión estaba formulado como un cuestionario de preguntas y respuestas. Así en su página 29 decía: “P.- ¿Qué partido tomaron los numantinos a la llegada de Escipión Emiliano? R.-Acosados por el hambre y faltos de todo recurso, los numantinos trataron inútilmente de negociar la paz; en lugar de rendirse, mataron a sus mujeres e hijos, dieron fuego a la ciudad, y luchando murieron todos después de quince meses de sitio”. De ese modo es como Numancia, la pesadilla de Roma, quedó fijada en mi memoria primera ya para los restos. A ello contribuyó sobremanera la ilustración, en blanco y negro, que acompañaba al texto representando con crudeza la tragedia. Cadáveres de niños y mujeres desvencijados por el suelo, un hombre que se clava un puñal en el pecho, una mujer que sorbe un vaso de cicuta, otro numantino que, herido de muerte, yergue su cuerpo desafiante a los invasores alzando su brazo derecho, mientras, al fondo, la ciudad arde en llamas.
Pasó bastante tiempo hasta el día en que yo accedí al edificio de nuestra Diputación Provincial por su puerta principal. Al subir su escalera reclamó mi atención un enorme lienzo (335 x 500 cm.) colgado en su pared. Era algo ya visto. Reparé en que coincidía con la imagen antes descrita. Si bien ahora en pintura al óleo, a todo color. Impresionante. Lo contemplé con delectación desde la balconada de su primera planta. Quise saber más y me enteré de que estaba cedido por el Museo del Prado. Que se titulaba “El último día de Nunancia” (1880). Que lo había pintado Alejo Vera Estaca -excepcionalmente dotado para el dibujo-, nacido en el pueblecito de Viñuelas (Guadalajara) en 1834. Y lo soñó así tal vez, porque siendo niño le hablaron también de Numancia como monumento eterno a la Libertad e Independencia de España.
José María Martínez Laseca
(13 de julio de 2017)

Sobre refugiados

El martes 27 de junio me llamó, por teléfono, Pilar Herranz para recabar mi participación en un acto en el IES A. Machado el día 30, Viernes de Toros, a favor de las personas refugiadas. “Se trata de que leas un texto alusivo. Seguro que tú tendrás alguna cosa escrita al respecto”, me dijo. Yo le respondí que contara conmigo, que colaboraría con la causa. Ya a solas, cavilé. Le di varias vueltas al tema. A mi mente acudieron imágenes rebobinadas de muchos telediarios vistos sobre las guerras más cruentas. Como la de la antigua Yugoeslavia en 1990, la de Irak en 2003, o la actual de Siria, junto a conflictos regionales como la ocupación de Palestina o en Sudán del sur, además de otras violencias y persecuciones, en contra de los derechos humanos, sequías y hambres.
Vi a mucha gente en largas hileras, desplazándose a pie, ligera de equipaje. Mujeres con sus hijos en brazos. Alambradas frente a ellos, de afilados espinos, y soldados bien armados, tratando de impedir inútilmente el paso a la desbordada riada de desesperación. O apretujada en embarcaciones precarias, navegando con rumbo a las costas de Europa, pagándole un tributo caro, siempre en vidas, al mar Mediterráneo. El que fue “Mare Nostrum”, ahora se ha convertido en “Mare Mortum”, por los miles de ahogados. A quienquiera que lo vea, se le debería remover la conciencia. A uno le lleva a cuestionar nuestra condición humana, tan egoísta como hipócrita, que trata de invisibilizarlos. Tan reticente a darles acogida en sus países. Desviándolos a Turquía o reteniéndolos en Grecia. Cuanto más lejos. Esa falta de humanidad y de empatía, aun a sabiendas de las dramáticas razones de la partida de sus hogares.
Gobernantes y gobernados somos grandes expertos en la invención de simulacros y coartadas. Porque las conversaciones al más alto nivel sobre las posibles soluciones a adoptar volverán a ser de nuevo más importantes que las propias soluciones en sí mismas. Cómo no iba a recordar yo, en ese momento, nuestra guerra civil. El cruce por los Pirineos de tantos republicanos españoles camino del exilio, buscando un refugio seguro en la vecina Francia, me inspiró el poema que leí allí en memoria de Antonio Machado, sepultado en Colliure, con este verso suyo, tan certero, injertado: “Solo la tierra en que se muere es nuestra”. O el mar, la mar.
José María Martínez Laseca
(6 de julio de 2017)

Razón del jueves La Saca

Hoy es Jueves “La Saca”. Y las gentes de Soria se desplazan multitudinariamente al monte de Valonsadero. Lugar sagrado, sin duda, ya que cobija en sus abrigos rocosos pinturas esquemáticas que dejan constancia expresa de la vida cotidiana –con dedicación al pastoreo y la caza– de los prehistóricos pobladores de la altimeseta del Duero. Y hasta de su religioso culto al sol y al toro, tenidos por dioses. Lo hacen los devotos una vez más, evocando sus orígenes remotos. Tras haber resuelto aspectos organizativos previos, como el nombramiento de los Jurados de las 12 Cuadrillas o barrios en que se divide la capital, y su toma de posesión en “El Catapán”. En los prolegómenos de las Fiestas del Solsticio de verano –cuando el sol está más cerca de la tierra–, cristianizadas como de San Juan o de la Madre de Dios. Cual lo habían hecho con antelación. Primero, en “El Descajonamiento” de los novillos transportados hasta allí en camiones. Luego, de nuevo, durante “El Lavalenguas”. Y, después, en la tan simbólica de “La Compra”. Siempre con la excusa de ver los toros, de jugar con ellos y divertirse en grupo. A modo de cortejo con el animal.
El caso de “La Saca” es diferente, ya que la cosa va en serio. Marca el programa la salida oficial de la comitiva desde la Plaza Mayor a las 9,30 h. Pero el momento culmen se vive al mediodía, cuando un cohete advierte el momento de partida de los 12 novillos desde los corrales de Cañada Honda del monte para su conducción ceremonial, bajo la vigilancia atenta de los numerosos caballistas, hasta los chiqueros de la plaza de toros. No es algo baladí. Con el salvaje animal, la naturaleza y virginal vida del campo retorna a la ciudad. En las religiones mistéricas prohibidas estos ritos de lustración servían para regenerar a la urbe contaminada y decadente mediante el retroprogreso a la pureza del cosmos. No era cuestión de divertir a los ciudadanos, sino de convertir a la vida humana en tragedia de luz y fecundidad. Llega para revelarle el misterio de la inmortalidad. Porque siempre que la civilización entra en crisis y decadencia surge la necesidad de volver a los valores del campo. Y la tauromaquia, en sus manifestaciones rituales y festivas, religiosas o populares, pertenece a ese movimiento de “retorno a la tierra”.
José María Martínez Laseca
(30 de junio de 2017)

domingo, 25 de junio de 2017

La sanjuanada de San Pedro Manrique

He aquí el verano. Recién estrenado y radiante de luz. Tórrido. Aunque habrá quien dirá –por aquello del cambio climático– que ya se había instalado entre nosotros, dado el incremento de las temperaturas que nos hacen sudar la gota gorda. El caso es que el tránsito anual de las cuatro estaciones nos produce la sensación de que vivimos un tiempo circular, otrora asociado a las tareas agrícolas y ganaderas del campo. Reiterativo en su andadura, como si nos remitiera al mito del eterno retorno. En consecuencia, la rueda de los días ha efectuado la rotación completa de su circunferencia anual y  vuelve a adentrarse, por tanto, en un tiempo nuevo. Sin duda extraordinario, sagrado o de excepción, ya que difiere del profano. De ahí que en él puedan acontecer cosas fuera de lo normal. Corresponde al solsticio de verano, rebautizado por el cristianismo como ciclo de San Juan, por ser este el precursor de Jesucristo o luz divina. Un festejo universal. Con llamativos rituales asociados con los cuatro elementos  clásicos de la naturaleza: tierra, agua, aire y fuego, entendidos como las energías arquetípicas que producen su efecto en nuestro ser, nuestra conciencia y forma de entender el mundo.
Dos hechos relevantes van a producirse en San Pedro Manrique, corazón de las Tierras Altas, en plena sierra soriana; donde pastaban antaño los grandes rebaños de merinas trashumantes. El primero, durante la noche del día 23, la más corta del año, y conocido por “El paso del fuego”. Ante el público que abarrota las gradas del anfiteatro adosado a la ermita de la Virgen de la Peña, los osados pasadores atraviesan con sus pies descalzos una alfombra reluciente de brasas. Pisar fuerte y sin miedo dirán que es el secreto, y tener fe en su patrona protectora. Espectáculo puro. Intenso, apasionante; e increíble a los ojos que lo observan.  El otro acontece en la mañana del día 24 y se nombra de “Las móndidas”. Mujeres puras, cual sacerdotisas sacras, que son las protagonistas principales del cortejo. Así, al citado rito solsticial, se añaden la leyenda medieval de la batalla de Clavijo, con el tributo de las cien doncellas del rey Mauregato al emir Abderramán I, y la pingada del mayo extraprimaveral por los mozos en mitad de la plaza. Será a su alrededor donde las tres móndidas reciten sus cuartetas, con emotivas letras cargada de recuerdos y esperanza. Mucha magia. En la purificación por el fuego y en la gran necesidad de volver a renacer.
José María Martínez Laseca
(23 de junio de 2017)

Del 15-J y la transición

Las Elecciones Generales del 15 de junio de 1977 supusieron el tránsito desde la dictadura de Franco –muerto en cama, el 20-N de 1975– a la recuperación de la democracia y los derechos. Las Cortes elegidas eran constituyentes y se rubricó en la Constitución Española de 1978. Ejercitar de nuevo el derecho del voto –desde febrero de 1936, en la II República– suponía recuperar nuestra dignidad como personas. Ver cumplido un sueño colectivo. Por eso se vivió con alegría la liturgia electoral de siglas, eslóganes, mítines, etc. Se dieron sentimientos encontrados de incertidumbre, miedo y esperanza. Ganó la moderación: UCD de Suárez (165 escaños) frente a AP de Fraga (16) y PSOE de González (118) frente al PCE de Carrillo (20). Sorprendió al mundo que se acometiera en paz. El desatado y bien desatado se efectuó de ley a ley, con los reformistas del régimen y la complicidad de la oposición, por temor a otra guerra civil. Los Procuradores de las Cortes franquistas se hicieron el haraquiri al aprobar la Ley de Reforma Política de 1976, refrendada en referéndum por el 94,2 % del pueblo español. Se levaban así las anclas del pasado. Hubo restauración monárquica con Juan Carlos I, legalización del PCE, amnistía, autonomías, Pactos de la Moncloa… Desde el consenso. No faltaron intentos desestabilizadores (terrorismo, 23-F, etc.).
Se ha dicho que nuestra transición no concluyó hasta el ingreso de España en la CEE, con Felipe González, el 1 de enero de 1986. Lo cierto es que estos 40 años transcurridos suponen el periodo de concordia democrática más largo de nuestra historia. En aras al progreso y a la modernización, que han trasformado aquella España negra en otra multicolor. Como tan cierta es la fractura generacional abierta entre el 60% del electorado (más de 45 años) que la vivieron con emoción; y el otro 40 %, que la conoce de oídas y lecturas y que la cuestiona. Porque, tras el 15-M de los indignados en 2011, muchos problemas de la política actual (desigualdades, corrupción, la cuestión catalana, ley electoral…) son formateados por los relatos de la transición. Y en esas estamos.
Hubo, no obstante, un tiempo, tras los 40 años de dictadura, en que fue preciso poner nombre de nuevo a las cosas. Porque estas carecían de él. Con el noble fin de hacer de España un país tan normal como lo eran los del resto de Europa.
José María Martínez Laseca
(22 de junio de 2017)

miércoles, 21 de junio de 2017

Viaje a Portugal

Está ahí, y conviene conocerlo. Desde Soria, viajamos por su región norte. La de  eucaliptos y vino verde. “Tras-os-montes”. El 4 de junio, llegamos a comer a Bragança, fundada en 1187. Aquí nació, en 1640, la dinastía que gobernó Brasil y Portugal. Sobre el caserío, su alta fortaleza, hoy museo del ejército. El autobús nos lleva al hotel-base de las Termas de San Vicente. Somos nómadas, con pinta de turistas, convocados por la pasión por viajar.
Visitamos, el lunes 5, Guimaraes. La cuna de Portugal (Porto e Gaia). Vemos su castillo, el palacio de los Duques de Bragança y su centro histórico, Patrimonio de la Humanidad.  De tarde, en la bodeguera Vila Nova de Gaia, catamos el vino de Oporto y realizamos el crucero “Seis Pontes” por el río Duero, bajo la lluvia. Ya el 6, nos adentramos en Braga, la 3ª ciudad del país. De gente joven. Con dos universidades y doce museos. Por su calle principal hasta la Puerta Nueva. Luego Oporto, en la margen derecha de la desembocadura del Duero. Rival de Lisboa. “Lisboa se divierte, Coimbra canta, Braga reza y Oporto trabaja”. Ciudad antigua, Patrimonio de la Humanidad, con 15 “freguesias”. Industrial y de comerciantes ingleses. Catedral altiva e imponente Torre de los Clérigos. El miércoles 7 entramos en Aveiro, villa de pescadores. Modernista. Con edificios Art Déco. Barcas por sus canales, de ahí su apodo de “Venecia de Portugal”. Después, Coimbra. Centro cultural por su famosa Universidad. También cuna de reyes. Con iglesias románicas y manuelinas. Con sus calles estrechas, patios, escaleras y arcos medievales. Ahora el hotel-base se fijará en Caldas da Rainha. Vamos, el jueves 8, a Sintra. Villa de rico patrimonio, con varios palacios. Entramos en la Quinta de Regaleira, masónica, de lujosos jardines y mezclas arquitectónicas. Seguimos la costa atlántica, por Cascais, con su “boca del Infierno”, y Estoril, con su Casino.
El viernes 9 es para su capital: la bella Lisboa. Diseñada por Pombal tras el terremoto de 1755. En el estuario del Tajo. Emociones en su Torre de Belém y Los Jerónimos. Por sus aventureros y descubridores navegantes. Tranvías por sus calles. Gente varia. Portugal cautiva. En su granito y en sus azulejos. Su limpieza, sus infraestructuras. Su modernidad. Su república y su democracia. Tras pasar por Ciudad Rodrigo, regresamos a Soria el día 10, del Lavalenguas.
José María Martínez Laseca
(15 de junio de 2017)         

martes, 13 de junio de 2017

De románico

Se dice –y se dice bien– que toda exposición es un relato o narración, que nos da noticia con textos e imágenes de algún acontecimiento de interés. Esta, a la que aquí me refiero, es modesta, pues consta sencillamente de 20 paneles verticales al modo de páginas impresas de un libro, ilustradas con fotografías en color. Nos la propone la Delegación Territorial de Cultura de la Junta de Castilla y León, en su sala de la planta baja, sita en la calle Campo, 5. Versa sobre el románico. “Soria rómánica, remanso de paz”, rezaba un conocido eslogan (años 60-70) en la promoción turística  de nuestra tierra para atraer visitantes. En consecuencia, ensalza uno de nuestros elementos identitarios históricos. Y comporta, de algún modo, un “flashbacks”, al retrotraernos en el tiempo pasado hasta nuestros propios orígenes.
            Es el románico un estilo arquitectónico que se desarrolla, al calor de la repoblación medieval cristiana de nuestra provincia, durante los siglos XI y XII, en el proceso de reconquista y expulsión de los musulmanes. Es, pues, un arte fronterizo, que comparte rasgos leoneses, castellanos, aragoneses, navarros y andalusíes, fruto de las inestables fronteras y de los intercambios culturales entre los reinos vecinos. Se asocia, fundamentalmente, a lo religioso. Levantadas las iglesias y en su derredor las casas de los parroquianos, quedaba conformados la aldea, el pueblo o la villa. La mayoría de los templos, sobre todo del ámbito rural, venían caracterizados por una sencilla tipología constructiva de pequeñas proporciones: nave única rematada por un ábside semicircular al exterior, robustos muros, con estrechas ventanas y estructuras de madera en su cubrición. Su eficacia arquitectónica propició que su éxito continuara hasta bien entrado el siglo XIV.
            Dos son las iglesias en las que aquí se incide. La más antigua de San Miguel, de San Esteban de Gormaz, en le ribera del Duero y cuya propuesta constructiva de galería porticada se difundió a otros lugares; y la de San Pedro Apóstol de Cerbón, en Tierras Altas, con su rareza del doble ábside y sus naves abovedadas. Ambas han sido objeto de intervención dentro del Proyecto Cultural Iglesias Románicas de Soria, a fin de potenciar el patrimonio cultural como elemento dinamizador del territorio.
José María Martínez Laseca
(8 de junio de 2017)