domingo, 27 de noviembre de 2016

Las huellas de un crímen

Un crimen trascendental aconteció en Inglaterra el 29-12-1170. La víctima: Tomás Becket. Ni más ni menos que el canciller de aquel país y buen amigo de su rey Enrique II de Plantagenet, quien lo había nombrado Arzobispo de Canterbury. Sin embargo, una riña entre ambos, por asuntos religiosos y de Estado, culminó con el asesinato de Tomás Becket en la catedral de Canterbury. Cuatro caballeros, inducidos por el rey, le dieron muerte. E inmediatamente adquirió la categoría de mártir como Santo Tomás Becket el Cantuariense. En principio, fue enterrado bajo el pavimento de la cripta oriental de la catedral, pero, en 1220, se le construyó un nuevo sagrario espléndidamente ornamentado con ricas joyas y con gemas donadas por grandes señores de toda Europa. Miles de gentes visitaban habitualmente su tumba, convirtiéndose Canterbury en el segundo centro de peregrinación  de occidente tras Santiago de Compostela. En la obra de G. Chaucer, “Los cuentos de Canterbury”, del siglo XIV, un grupo de peregrinos, que viajan desde Southwark a Canterbury para visitar el santuario, nos narran sus deliciosas historias.
            Ahora, hasta el 5 de febrero de 2017, en el CaixaForum de Madrid, puede verse la interesante exposición “Los pilares de Europa” sobre la cimentación de Europa durante la Edad Media. Se exhiben 250 piezas pertenecientes al British Museum. Algunas alusivas a santo Tomás Becket. Así, un relicario (1200-1300) de cobre dorado y esmalte, donde se representa su asesinato y hasta 6 curiosas insignias de peregrino (1300-550), en aleación de plomo, que reproducen la espada del crimen, los guantes del santo, las campanas que repicaron solas, etc. A modo de recuerdo. No es ajeno a nosotros. Aquí tenemos dos plasmaciones iconográficas de tan horrendo crimen: las pinturas murales en las ruinas de la iglesia de San Nicolás de Soria y  el frontal de altar en la iglesia de San Miguel de Almazán. ¿Cómo es posible? El 12-7-1174, un año después de la canonización de Tomás Becket, el rey Enrique II hizo pública penitencia ante su tumba. Y sus hijos se preocuparon de extender su culto con el fin de limpiar de culpa la memoria de su padre. Entre ellos Leonor de Plantagenet, que se había casado en 1170, en Tarazona, con Alfonso VIII de Castilla, nuestro rey niño y protector de Soria. Eso lo explica todo.  
José María Martínez Laseca
(24 de noviembre de 2016)  

lunes, 21 de noviembre de 2016

Reflexiones de noviembre

Siempre he tenido a noviembre que, cual un equilibrista se balancea entre el verano y el invierno, entre la claridad y la oscuridad, entre la vida y la muerte, por un mes de indudable languidez festiva. Así, en cuanto a nuestra provincia de Soria se refiere, apenas nos encontramos un par de tradiciones populares que sobreviven. Y entiendo por “tradiciones” esas representaciones mantenidas, como mínimo, desde cien años atrás a esta parte. Porque, puesto que pertenecemos a una tierra de larga trayectoria histórica, un siglo no es tanto. Estas tradiciones son: el “Cántico de las Ánimas” que se acomete en la localidad de Tajueco, al anochecer del día 1 de noviembre, Día de Todos los Santos y la “Fiesta del Toro Júbilo”, que se celebra en la plaza mayor de la villa de Medinaceli, el sábado más próximo al día 12 de noviembre. Por supuesto que tuvieron otro sentido y su razón de ser en consonancia con el modo de vida de sus habitantes, dentro de una economía autosuficiente de cultura campesina. Ahora, son manifiestamente rituales de identidad. Es decir, suponen acciones de afirmación y autoestima para las gentes de esos lugares que, orgullosas de lo suyo, se diferencian de los demás que carecen de ellas.
            Cierto es que, de un tiempo a esta parte, han surgido otras de nueva implantación, relacionadas con el culto a los muertos y a sus ánimas. Así la lectura de la Leyenda de Bécquer, desde un origen común, se ha bifurcado en dos. Una, la más espectacular y masiva, la que se realiza en Soria capital y la otra que se efectúa en Las Cuevas de Soria, con el paso del fuego incluido. A ambas también se ha añadido la fiesta del “Samuin”, en Garray; la que cerraba el periodo templado para inaugurar la estación fría y oscura, que para los celtas duraba hasta el mes de abril en que llegaba la primavera.   
            Las fiestas populares han de amoldarse al paso de los tiempos para no desaparecer como los dinosaurios. Pero, en la sociedad actual, de consumismo voraz y apuesta por el turismo como industria redentora (y de la felicidad), conviene no desvirtuar lo auténtico y más genuino, y saber diferenciarlo de lo que es meramente comercial, o puro espectáculo de cara a la galería. Ya vemos que la gente se apunta a un bombardeo. Noviembre nos mueve al recogimiento interior y a la reflexión obliga.   
José María Martínez Laseca
(19 de noviembre de 2016)

martes, 15 de noviembre de 2016

Antonio García Abad

Había nacido en la villa de Vinuesa, el 29 de julio de 1941. Fue el verdor perenne de los pinos albar, el paisaje de su mirada primera, el que lo dejó marcado para siempre. De estampa inconfundible. Venía, con frecuencia, a la ciudad de Soria, en tanto que capital de la provincia, fuera de compras para abastecimiento de su casa, a fin de acometer algún que otro trámite, burocrático o sanitario, para asistir a conferencias, o adquirir algún libro en la librería “Las Heras”. Transitaba el Collado, recordando tal vez sus tiempos de estudiante en el viejo Instituto. Y aprovechaba la ocasión para reencontrarse con sus más conocidos en el decimonónico Casino de la Amistad Numancia o en la concurrida Plaza de Herradores, si el buen tiempo acompañaba, para departir en animada conversación, bajo la excusa de tomar unos vinos, pues, cual buen polemista, gustaba destilar la situación política internacional, nacional y local.
Era Antonio García Abad. Pero todos le teníamos por “el cónsul”. Apodo poco ingenioso, en verdad, dado que él, licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense, estaba diplomado en Altos Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de Madrid y se hizo diplomático por oposición en 1971. Hombre cosmopolita, parecía de vuelta a la querencia, tras haber ejercido representaciones diplomáticas españolas (ya como embajador o como cónsul) en Honduras, Finlandia, Argelia, Bélgica, Reino Unido, Nueva Guinea, Haití, Cuba, Francia (Perpignan y Toulouse) y Suiza (Ginebra). Pero, ante todo, practicaba como soriano y representante plenipotenciario de Vinuesa y los Pinares.
Yo lo conocía de tiempo atrás. De cuando, en La Pinochada, dirigía la pingada del mayo en la Plaza Mayor. Y asistí al ritual de la ofrenda de la vela por su esposa finlandesa, Ulla Kristina, a la Virgen del Pino. Un día de este otoño he visitado la Laguna Negra con los serbales rojos junto al frontal del enorme farallón de piedra. Mientras las hayas despuntaban sus hojas amarillentas y caducas, símbolo de lo efímero, dentro del pinar. Nadie vive para siempre. Mas, no por ello ha dejado de impactarme la noticia inesperada de su muerte este pasado jueves 3 de noviembre. Y me cuesta aceptarlo con sus 75 años. Será preciso el duelo para curar su pérdida.
José María Martínez Laseca
(10 de noviembre de 2016)

De la despoblación

Soria está despoblada. ¿Quién la repoblará? El repoblador que la repueble, buen repoblador será. (Pues gobernar es repoblar). Parafraseo el trabalenguas infantil para poner de manifiesto nuestro problema principal: la despoblación o vaciamiento de nuestros pueblos. Eso de que “antes se había ido el médico, / también el veterinario, / y el chico de la Teresa / a estudiar al seminario. / Solos al atardecer / se han quedado los secanos.” Lo escribía yo hace ya bastantes años, a la vista de esa huida brutal de la gente más decidida desde el ámbito rural a las grandes ciudades. Tal vez atraídos por los cantos de sirenas de sus fábricas, a la búsqueda de una vida mejor. “Qué de pueblos ya canos y remotos, / qué de contento los pobló otro tiempo. / Qué de pueblos se tornan hoy escombros, / con la mirada ida… de los muertos” introducía mi poema “A los pueblos de Soria” y “Porque hay pocos obreros en Soria / y hay mucho obrero soriano”, justificaba el otro más conocido de “Al obrerito soriano”. Cierto es que las condiciones de habitabilidad en los pueblos (agua corriente en las casas, rehabilitación de viviendas, etc.) hizo posible el fenómeno de segunda residencia (luego ampliado con la oferta de alojamiento en Casas Rurales) ha maquillado su aspecto exterior y, en cierto sentido, los ha urbanizado. Pero, el verdadero problema es de gente: poca y envejecida. Desestructurados sus grupos de edad, con la pirámide poblacional invertida. Supone el derrumbamiento de una civilización milenaria, basada en lo agrícola y ganadero, que se visualiza en la película “El cielo gira” de Mercedes Álvarez.
            En la reciente declaración de Montánchez (Cáceres), firmada por la Diputación Provincial de Soria, se denunciaba que el despoblamiento rural era igualmente una consecuencia de las políticas nacionales y comunitarias que priorizan el desarrollo urbano aun sabiendo que el desarrollo humano será imposible sin el medio rural. Allí se alzaron voces a favor del apoyo presupuestario a iniciativas emprendedoras para transformar la realidad socioeconómica del medio rural, de la disponibilidad de servicios locales a la ciudadanía, de estrategias capaces de cooperar y competir en escenarios internacionales, de acciones que valoricen el medio rural. Y se acordaron de la importancia de la mujer: porque es cuestión de sembrar futuro.
José María Martínez Laseca
(3 de noviembre de 2016)             

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Cementerio

“La mejor manera de conocer cómo se vive y cómo se muere en un lugar, es visitar su mercado y su cementerio”, según el filósofo alemán Ernst Jünger. Lo que Corpus Barga precisó: “Y más concluyente que los mercados hay en la ciudad otro lugar público: el cementerio”. Por estas razones y  otras emociones, yo suelo acudir de vez en cuando al cementerio de Soria. Lo hice recientemente. Y en su puerta principal leí el aviso del Ayuntamiento sobre el cobro de la tasa de mantenimiento, conservación, limpieza y vigilancia; con 5 puntos en letra pequeña. El primero: “Si usted no es el titular del nicho o sepultura le interesa que el Ayuntamiento le reconozca sus eventuales derechos tramitando un Expediente de Actualización y Regularización de la Titularidad.” No  digo yo que no haya que poner orden administrativo en la ciudad del sanseacabó, pero a partir de lo antedicho se tuvo en “un sin vivir” a los vivos. Que me lo ha dicho más de uno por El Collado, al verlos yo ir y tornar del Ayuntamiento con papeles y parientes. Otros se me quejaban de que había lista de espera en la ventanilla. Y aún otros más, que tenían pagada su morada “perpetua”, me hablaban de una expropiación en toda regla. Ya es un lujo morirse, con el 21% de IVA, y, una vez tieso: más recaudación.
            En mi recorrido por el camposanto pude ver sobre varias lápidas esta nota: “Sepultura muy deteriorada necesita reparación.” Y es que la víspera del día de Todos los Santos es muy oportuna para la sensibilización contra la dejadez. Hablo del “Alto Espino”, donde al decir de J. A. Gaya Nuño se encuentra guardado el secreto de la poesía elegiaca de Antonio Machado: la tumba de Leonor. También están ahí las cenizas de su propia esposa Concha de Marco, bajo la lápida de su abuela Concepción Soria de Pablo. Esta tumba y la conjunta de su familia materna (abuelos Toribio Nuño y Laureana Ortega, tíos Casto y Vicenta y hermano Benito) figuran entre las estropeadas. Todo cementerio es un reflejo de su sociedad. En nuestro caso, se trata de un patrimonio o bien de interés cultural que conviene cuidar. Incluso para el “necroturismo”. Como ya se realiza en otros sitios. Con recorridos peatonales para mantener vivo el recuerdo de los más destacados paisanos (historiadores, médicos, poetas, políticos, empresarios, etc.) que se nos anticiparon en el vivir.
José María Martínez Laseca  
(26 de octubre de 2016)