lunes, 20 de marzo de 2017

Educación pública

Al nacer, las criaturas humanas nos vemos indefensas, y estamos necesitadas, en consecuencia, durante muchos años de ayuda para nuestra protección y sustento. Por ello, podemos ser educadas y socializadas en mayor medida que la de cualquier otro animal. De ahí la importancia que adquiere en nuestras vidas la educación pública. La garantía por parte del Estado de hacer posible el acceso a ese proceso de enseñanza-aprendizaje, en tanto que derecho esencial. La educación -de todos y para todos- es muy importante como ascensor social, como corrector de desigualdades frente a la lotería natural de la cuna que a cada uno nos toca. Como formación integral de toda persona. En su desarrollo, supone uno de los muchos ríos subterráneos que fluyen por el cauce de nuestro realidad cotidiana Cada mañana los padres envían a sus hijos al centro educativo correspondiente y estos, en tanto que alumnos, asisten a las clases impartidas por los profesores de las distintas materias o asignaturas. Podría asociarse al trajín de abejas obreras que acuden a su colmena. Todo parece desarrollarse con la tranquilidad de la rutina, pero siempre pueden surgir problemas en el seno de la comunidad educativa: falta de colaboración de los padres, alumnos que no quieren estudiar, complicadas explicaciones de los profesores, acoso escolar, exceso de deberes, etc. Bien advierte el sabio proverbio africano: para educar a un niño se necesita la tribu entera.
            Se habla poco de educación. Y hay una razón de peso para tenerla más presente: casi todos los males de la patria se achacan a una carencia de la misma, al tenerse a la educación como norma de convivencia. Recién, el 9 de marzo, cual Guadiana, irrumpió en la superficie: profesores, estudiantes y padres acometieron una huelga general contra la LOMCE, Para que reviertan los recortes y se amplíen las becas. Por un gran pacto educativo. Después de tanta diarrea legislativa. Aprovechando la oportunidad del momento político. Mejorar implica cuidar al profesor en su formación, actualización, dignificación y retribución salarial. Lo que, sin duda, llevará su tiempo de restitución, máxime después de haberlo denostado tanto en su cometido. A sabiendas, también, de que todo aquello que no nos emociona es más difícil de discernir, de aprender y de comunicar.
José María Martínez Laseca
(16 de marzo de 2017)

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