lunes, 11 de enero de 2016

Cuento para el año nuevo

Puede que fuera por las entrañables fechas de Navidad, que dan en juntar a las familias dispersas, o acaso coincidiendo con la celebración del año nuevo cuando, para disfrutar de idéntica alegría y regocijo de los terráqueos, consumiendo, derrochando y disfrutando de lo lindo, dieron en reunirse, a las afueras de una ciudad cualquiera de no se sabe que país del planeta azul,  un grupo de jóvenes diablos. De sobras es sabido por todos nosotros que, cuando los ángeles de las tinieblas se reúnen de forma premeditada, no puede salir nada bueno de allí. 
Y, en efecto, así ocurrió. La primera decisión que tomaron, en este cónclave extraordinario los diablillos en cuestión, y lo hicieron por unanimidad, fue la de acometer una travesura diabólica de cierto calado en contra de todo el género humano. Tardaron, eso sí, un tiempo en formularla, pero cuando lo consiguieron todos quedaron conformes. Esta consistía en esconder a los hombres su tan deseada felicidad.
Empero, el problema ahora se centraba en dar con la mejor manera de llevarla a efecto. Y para ello se reabrió el debate con un nuevo turno de palabra. Así es como habló, en primer lugar, un diablillo regordete que planteó llevar la felicidad hasta la cumbre de la montaña más alta e inaccesible de la tierra. Mas, el diablo que presidía la reunión manifestó que los hombres exhibían la fuerza y podrían alcanzarla. Una vez roto el hielo, otro diablillo más flaco, ofreció la variante de enterrarla en la sima más profunda del fondo del mar. Pero quien presidía alegó que los hombres ostentaban la curiosidad y no tardarían en encontrarla. Todavía un tercer diablillo muy alto se atrevió a proponer que se la trasladara al planeta más alejado del espacio, donde fuera realmente inalcanzable. Y otra vez más el presidente argumentó que los hombres poseían la inteligencia y conseguirían dar con ella.
 Cundía ya el desánimo en la asamblea, cuando una diablesa, tímida y pecosa, expresó lo siguiente: “lo mejor sería ponerla dentro de los propios hombres, que siempre la buscarán fuera de ellos mismos”. Tanto les agradó a todos que así lo hicieron. Desde entonces van los hombres, tristes y melancólicos, dando vueltas y más vueltas por los alrededores sin localizarla, e incapaces de indagar en su propio interior. 
José María Martínez Laseca
(7 de enero de 2016)

No hay comentarios :

Publicar un comentario